sábado, 29 de agosto de 2009

Terapia literaria


And then I read this poem by Charles Bukowski, and laughing, I felt much better.


Working Out by Charles Bukowski

Van Gogh cut off his ear
gave it to a
prostitute
who flung it away in
extreme
disgust.
Van, whores don't want
ears
they want
money.
I guess that's why you were
such a great
painter: you
didn't understand
much
else.

Sótano



Es inexplicable saber cómo los sentimientos que uno más atesora salen a la luz, como los contenidos de la caja de Pandora, en momentos inesperados.

Momentos de fuga pasionaria, de vegetar intelectual, de raciocino pecaminoso. Son los momentos en que el sótano de los sentimientos, localizado en lo más profundo del ser, permanece sin guardia, y, con el rechinar de goznes un poco enmohecidos, se abren las compuertas y los sentimientos afloran, como pétalos en primavera, o huracanes en agosto.

Hoy, los sentimientos salieron durante la cobertura televisiva de la misa de resurrección por el alma de Ted Kennedy. El senador por Massachusetts falleció la semana pasada a causa del cáncer del cerebro que se le diagnosticó hace un año.

Me quedé pensando e imaginando mis momentos finales, donde habrán lágrimas (espero pocas) y sonrisas (espero muchas) y medité que de eso se trata la vida: no preocuparse tanto por el final, que total es el mismo para todos, el pobre y el rico, el débil y el poderoso, el cruel y el bienaventurado.

Es concentrarse en lo que queda dentro del paréntesis de la vida y disfrutar de los momentos que nos otorgan los latidos del corazón.

Y con eso, cerré la bodega, hasta la próxima ocasión.

domingo, 23 de agosto de 2009

Spiks, o los riesgos del racismo intelectual




Llevo varios días pensando en esto. No lo creí en el momento. A veces hay que contar las cosas para asegurarse de que en realidad pasaron.

Estábamos sentados al frente de una pizzería en un vecindario bastante pudiente de los suburbios de Washington DC, llamado Great Falls. La pizza se tardaba un poco, por aquello de que la espera acrecienta la calidad gustativa de la comida.

Al lado de la pizzería hay un 7-Eleven, frecuentado por trabajadores latinos, quienes trabajan asiduamente en los jardines, techos y cocinas de los abogados, cabilderos, legisladores y ex-agentes de la CIA que viven aquí. En el 7-Eleven compran taquitos, pizzas (no tan ricas como las de la pizzería), Red Bull y cerveza. A las seis de la tarde, de camino a la casa luego de laborar bajo el sol veraniego, hay un constante vaivén de autos llenos de hombres de piel tostada.

Al otro lado del 7-Eleven hay un restaurante griego. Cuando abren la puerta, se despide el aroma de pan recién horneado y de carne de cordero asada con orégano y romero. Un hombre de nariz alargada y mentón perfilado sorbe café turco sentado al lado de la entrada.

De repente, se escucha el chirrido de metal y frenos. Un Toyota viejo, de pintura descascarada, pero todavía con el corazón hidráulico en plena función, se estaciona frente al 7-Eleven. A la vez, un hombre blanco, de pelo encanecido, alto, de buen vestir, camina impetuoso hacia el restaurante griego.

Del Toyota salen tres hombres. El conductor debe tener cincuenta años, tiene la piel curtida y usa anteojos bifocales. Los otros dos hombres están entre los veinte y treinta años, de pelo negro y rasgos aindiados. Todos visten camisetas cubiertas por manchas de grasas. Sus manos están cubiertas de betún. El pantalón de uno de ellos tiene un orifico a la altura de la rodilla.

Los hombres del Toyota dirigen la vista hacia el auto del otro hombre. De esa dirección, una voz grita, “God damn spiks!”

Cuando sigo la vista a los hombres del Toyota, veo al hombre del otro carro dirigiéndose hacia el restaurante griego. En sus ojos detecto los restos de un odio que hacía tiempo no veía. En sus labios se dibuja una media sonrisa de satisfacción.

Los hombres del Toyota siguen caminando hacia el 7-Eleven. Cinco minutos más tarde salen y se montan en el carro. Uno de ellos come de una bolsa de Doritos. Los otros tiene hot-dogs en sus manos. El hombre del otro carro sigue sentado en frente del restaurante griego, sorbiendo café con el otro hombre. Parecen disfrutar de un chiste.

Pasan otros cinco minutos. Dos patrullas de la policía del condado aparecen y se estacionan frente al 7-Eleven. Los cocineros de la pizzería, todos latinos (lo sé porque los escuché hablando en español) miran sin interés a los dos policías entrar al 7-Eleven y continúan depositando ruedas de pepperoni y cebolla sobre la harina aplanada de la pizza.

Hacía mucho tiempo no escuchaba la palabra spiks. Pero lo que me hizo pensar no fue la palabra, sino el contexto. Escucharla en medio de un bastión del poderío económico del área me sorprendió. Uno espera que el dinero y la educación generen un poco de tolerancia y solidaridad. Pero ya sabemos que eso no es cierto.

También me sorprendió (aunque no debió sorprenderme) la reacción de los hombres del Toyota y de los cocineros. Parece que escuchar la palabra spik en su diario vivir no es nada singular. Parece que la aparición de la policía luego de que alguien los llame porque hay “mucha gente de color perturbando la paz en frente del 7-Eleven” no es nada del otro mundo.(Especulo en cuanto a la razón por la que la policía apareció de la nada justo antes de que los hombres del Toyota se fueran, pero ¿a qué otra conclusión se puede llegar? ¿Que fue casualidad? Please.)

El racismo no conoce barreras. Es más, generalmente los poderosos son los más racistas, lo que los hace más peligrosos que los ignorantes que odian al otro simplemente porque no lo conocen. El racista ignorante comete actos racistas por el simple hecho de su ignorancia. Por lo mismo, su racismo es potencialmente remediable con un poco de educación. El racismo intelectual es más peligro que el racismo inculto, porque está arraigado en la profundidad del ego o del interés pecuniario.
Y ese racismo es mucho más difícil de eliminar.

sábado, 8 de agosto de 2009

La ardilla




Lo que pasó fue una incongruencia.

-No debió pasar- pensó Fencho Martínez cuando descubrió el cuerpo rezumante y apestoso de la ardilla. «Ardillas suicidas» había pensado muchas veces, porque siempre se metían en medio de la vía, como si se les hubiera perdido algo, la avellana más grande del mundo, o una bolsa de cacahuates. Aparecen de repente, pero luego titubean, como si lo hubieran pensado por mucho tiempo y de repente, como impulsadas por la desidia de la indecisión, se arrojaran al asfalto y un segundo después pensaran “oh shit!”

Los segundos de decisión son los que dividen nuestra vidas en capítulos o estrofas. Las decisiones nos lanzan a un nuevo destacamento de acción, a una nueva vía de tránsito. No existen decisiones incorrectas, o correctas. Simplemente son decisiones y ya.

Así que cuando la ardilla decidió lanzarse al asfalto, no debió pensar en las consecuencias o en lo que dejaba atrás en la acera de concreto. No debió pensar en el invierno que se avecinaba, en las nueces que había que almacenar, en los cuerpos pálidos e incoherentes de los fetos recién nacidos que florecerían como fantasmas exorcizados durante la primavera a reclamar alimento y lecciones de instinto.

La ardilla se lanzó al medio de la carretera, y ya.

Cuando la vio, intentó frenar. Otro segundo de decisión, pero esta vez una decisión congruente y definitiva, evitar aplastar la pelota de cuero y pelos que se arremolinaba sobre sí, el instinto catapultando su duda, mientras que en su cerebro minúsculo se encendía una sola alarma “¡peligro!¡peligro!”

Pero ya la decisión estaba tomada. La de Fencho y la de la ardilla. Fue el choque entre esas decisiones lo que acabó el asunto.

Ahora que lo piensa bien, solamente vio la ardilla por un microsegundo antes de sentirla. «La sentí a través de las costillas del auto, a través de bujías y frenos, de manivelas, cables y tuercas. Sentí que el camino se ablandaba por un segundo bajo la llanta delantera del lado derecho». En realidad, la moción de evitar la colisión vino después, cuando ya era un gesto risible.

«Me estacioné porque la muerte de la ardilla atropeyó mi conciencia». Eso pensó, que estaba muerta. Cuando se acercó, descubrió que la agilidad del cuerpecillo de la ardilla había permitido salvar su cabeza y su pecho. Le aplastó la pelvis, sus patas traseras y la cola. Emitía un chillido atroz, como de un grillo siendo torturado. Trataba de arrastrase con sus patas delanteras, pero no podía con el peso de su cuerpo triturado, nutriendo de sangre y pellejo los orificios de la brea.

«Dudé un segundo en lo que debía hacer». Pero al igual que la ardilla, la decisión se adelantó al análisis de las consecuencias. «Alcé mi pie para aplastar su cabeza. Pensé que hacía lo correcto, parar su sufrimiento».

Fencho estaba tan concentrado en su decisión que no escuchó la bocina ni el frenazo del auto que se avecinaba.

Ahora Fencho se desliza por los pasillos del hospital en su nueva y brillante silla de ruedas. Su pelvis y sus piernas fueron trituradas por el auto que se avecinaba, cuyo conductor, antes de tomar la decisión incongruente y risible de evitar un choque, observaba como un hombre de tan mala calaña estaba a punto de aplastar la cabeza de una ardilla moribunda.

sábado, 1 de agosto de 2009

Vuelta a la escritura



Las tres de la mañana parece la hora apropiada. Todo el silencio (otra vez el silencio) pincelado de vez en cuando por el ir y venir del aire condicionado. Aquí no hay coquíes, no existe el nocturno cacofónico y sinfónico (todo a la vez, son unos genios los coquíes) que estimula la vicisitud creativa.

Me meto a mi estudio (u oficina, o campo de concentración, o cámara de tortura. Total, escribir es eso y más) y decido que este verano, con todas sus distracciones, en vez de darme un espacio cincelado y pacífico para la lectoescritura (palabra que sorprendentemente mi corrector no corrige y me obliga a buscarla en el diccionario, donde se define como “1. Capacidad de leer y escribir.2. f. Enseñanza y aprendizaje de la lectura simultáneamente con la escritura.” Y pensar que pensaba que estaba siendo original) me ha dado un continuo dolor de cabeza y unos intentos atropellados por sobrevivir.

Ahora que el verano comienza menguar, y los días empiezan poco a poco a contraerse, es el momento de recuperar el hilo narrativo, el cordón umbilical, y seguir escribiendo.

¿Y qué mejor manera de recomenzar que releyendo?

Agarro algunos volúmenes, los capitanes en sus catafalcos, como he dicho antes que son los libros, y empiezo a hurgar entre sus páginas. Encuentro esto de Carlos Roberto Gómez Beras:

Sin existir
el hombre era una palabra
que nadie repetía

Y lo cierto de esta aseveración (redundancia, porque la aseveración siempre es cierta, aunque sea para el que la emite) es que la relación del hombre y la palabra es yuxtapuesta, y que el hombre nace de la palabra, es una palabra, aunque nadie la repita, pero existe en su intención de ser.

Encuentro esto de Ernesto Sábato:

“Todo escritor conoce esa desazón, esa tristeza que lo invade cuando siente las limitaciones de su arte”

Y decir que es tristeza lo que se siente es poco. Hundimiento, depresión, decaimiento, postración, abatimiento, son sinónimos menos circunspectos. Es que el papel y la tinta parecen ilimitados en su capacidad de creación.

Recuerdo la desesperación existencial de Augusto Pérez, cuando confronta a Miguel de Unamuno, su creador y le grita “El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel; morirá usted y morirán todos los que me piensen!” Porque el límite de la literatura transgrede el papel. La palabra hunde sus colmillos en la sien, crea un salvoconducto entre papel y mente (o entre mente y computadora, lo cual es explorado en la ciencia ficción) el autor piensa que todo es posible, que llorar, gritar, reír, amar, matar, mentir, beber, follar, todo es posible en el mundo de las letras. La creación literaria es un éxtasis profundo, un descenso sin fin hacia las miles de posibilidades. Es, como el Miguel de Unamuno de Niebla, ser un dios.

Hasta que se desensortija el sentimiento creativo y surge la aseveración de algo mucho más poderoso, la vida real. Entonces los deseos de creación que las letras entronizan son suplantados por las responsabilidades de subsistencia, que anonadan, que aplastan, que duelen. No es que la vida real sea menos que la imaginaria. Al contrario, una se nutre de la otra. Pero ¡que facilidad de recomponer los teoremas vitales en el papel, que sosiego desentrañar errores y fantasías con el teclado, que tranquilidad aunar lo intransigente de la madeja económica con el simple sigilo del paso del papel ante el viento!

Me llama la vida, en los acordes sincopados del egoísmo infantil, creado por su incapacidad de autosuficiencia. Nutrición, sustento, ropa, educación. Protección.

Es lo que piden las palabras.