sábado, 27 de febrero de 2010

Desastres naturales y el Principito





Escucho con interés una conversación acerca del clima. No es el diálogo impertinente de dos personas que no tienen más nada que decirse, pero que por cortesía (real o desprevenida) arremeten contra los vientos y las nieves, o sonríen azarosamente porque el día esta muy bonito, y yo aquí en el elevador, en el trabajo, sin poder disfrutarlo. Apuesto que esos son los primeros que cuando ven el día lindo lo ignoran y se meten a sus casitas a ver los informes del tiempo en la televisión, cuando sería suficiente asomar el hocico por la ventana.

Pero hoy, el tema es el fin del mundo. O más bien, la constante intromisión de la naturaleza en el diario vivir. Y con esto no pretendo disminuir la catastrófica pérdida de vida en los temblores de Haití y hoy de Chile, ni la muerte del entrenador de la ballena asesina. Tampoco pretendo aminorar la importancia de la caída sin precedente de nieve esta temporada invernal ni la ausencia del mismo clima invernal en los juegos olímpicos de invierno. Tampoco sé qué significa que el mismo día de estos sucesos, un pedazo de iceberg se desprendió de un glacial antártico.

Pero cuando estos sucesos naturales (sí, la muerte de una entrenador a manos de una ballena asesina, por más trágica que sea, es un fenómeno natural…si no, ¿por qué el nombre de estas ballenas?) ocurren unos tras de otros, imagino a la Madre Naturaleza, como buena madre que es, agitando los vientos del Apocalipsis sobre nuestra imaginación descampada y canalizando una corriente de vulnerabilidad síquica en nuestro diario vivir.

Lo cual no es tan malo. Porque estos fenómenos naturales hacen que reexaminemos nuestros pensamientos, nuestros vaivenes laborales, nuestra pérdida de tiempo frente al computador. Porque la muerte es necesaria en el ciclo vital, pero el tecato que matan en la esquina del punto de drogas no despierta la misma suspicacia fenomenológica que la muerte en masa luego de un fenómeno natural. Porque si vamos a vivir correteando en el “rat race”, vale la pena saber que el final de la carrera es el mismo para todos.

Hace unas noches abrí la puerta de mi nueva casa y mi hijo mayor alzó los ojos al cielo. Se maravilló de la cantidad de estrellas, que no veía hacía un tiempo por los desmadres de la mudanza y la impenetrabilidad del cielo nocturno urbano. Dijo deslumbrado, “wow, Daddy, look at all the stars”.

Parece que los desastres naturales no son necesarios para aquellos, como los niños, que aun se maravillan de la grandeza de la vida. Como decía el Principito “Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.”

Desgraciadamente necesitamos del dibujo de la tragedia, de la serpiente comiéndose al elefante, para entenderlo mejor.