jueves, 17 de junio de 2010

El pos-colonialismo del fútbol



Frantz Fanon escribió, en su biblia pos-colonialista “The Wretched of the Earth”, que el despertar de la conciencia nacional de los pueblos colonizados es en parte una celebración de la identidad marginalizada por el poder colonial, en parte un preámbulo a la revolución armada y violenta que Fanon teoriza es necesaria para la emancipación de los pueblos. Dice Fanon,

International events, the collapse of whole sections of colonial empires and the contradictions inherent in the colonial system strengthen and uphold the native’s combativity while promoting and giving support to national consciousness.


Estas palabras merodean mi mente durante estos días en que celebramos la Copa Mundial de Fútbol.

Y no es porque sea el evento atlético de mayor envergadura internacional. Aunque la Copa del Mundo sea vista por la mayoría del planeta, sabemos que no rivaliza con las Olimpiadas en cuestión de dramatismo político. Desde que Jesse Owens debilitó con su atletismo el concepto de superioridad racial de los alemanes, las Olimpiadas fungen como el mejor escenario para dramatizar esa relación sublime entre la política y los deportes. Momentos como el saludo al movimiento de Black Power por los atletas afroamericanos en las Olimpiadas del 1968, como la masacre de los atletas israelíes en las Olimpiadas del 1972, y los boicot en los 80 durante la Guerra Fría, han cristalizado el papel de las Olimpiadas como un mini-Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Pero en esta Copa de Fútbol hay un deje de política social entre los comentarios y anécdotas periodísticas que nos llegan desde Sudáfrica. La primer copa en el continente sudafricano ha realzado cierta sorna poscolonial por parte de los otrora imperios del norte.

Por ejemplo, ningún comentarista del llamado tercer mundo se ha quejado del sonido de las vuvuzelas. Estas cornetas plásticas, que emiten un monótono chirrido parecido al de una plaga de saltamontes, atrajeron la atención de la prensa mucho antes de que comenzara el torneo. Curiosamente, todas las quejas sobre el sonido de las vuvuzelas vienen de personas de aquellos países llamados “desarrollados” que, tal vez sicológicamente, viendo la prominencia de un país africano ante los ojos del mundo, y viendo la calidad de fútbol que se practica más allá los bordes europeos (y dentro de Europa por aquellos pobres indianos venidos a más), pretenda descarrilar la magnificencia del evento con quejas simplistas relacionadas a la acústica.

Irónicamente fue un europeo el que dio con el meollo del asunto. Dijo Sepp Blatter, el actual presidente de la FIFA, ante ciertas sugerencias de que se prohibieran las vuvuzelas dentro de los estadios del torneo, que no se debería intentar “Europeizar” la Copa del Mundo. Parece que alguno quería una sinfónica tocando la “Obertura a William Tell” de Rossini durante la entrada de los equipos.

Es muy común entre los deportistas caracterizar los encuentros entre equipos en términos marciales. Los equipos se van a la guerra para conseguir la victoria. Se avanza sobre territorio enemigo. Se pautan estrategias de avance y retroceso dependiendo de los movimientos y la virtuosidad del adversario.

En la cuestión cultural ,las vuvuzelas tal vez representen un estribillo inquietante que la tribu de los países ex–coloniales no pueda entender: un inquietante y victorioso batir calibánico. Lo vemos ahora en la copa: las colonias se levantan ante sus antiguos dueños, los países latinoamericanos siembran el pánico entre los europeos, que parecen más interesados en el glamour de sus jugadores que en la sagacidad de sus delanteros, alguno que otro país africano pueda que califique a la ronda de los 16. Y aunque fuera por suerte, la ex-colonia del norte, los Estados Unidos de América, aceleró el pulso de su antigua regente.

Señoras y señores: The Empire Stripes Back…Y parece que será goleada..