jueves, 16 de diciembre de 2010

Lo vivido


No he escrito en mucho tiempo. Hay muchas razones para ello, ninguna suficientemente válida, pienso, como para dejar un vicio tan saludable como la escritura. A través de guerras y desastres naturales, mentes pensantes anudadas a manos inquietas continúan en la inefable celosía que es el escribir. No porque el escribir adquiera loas de bonanza o de salvación ante los avances metódicos de eso que unos llaman destino y otros simplemente llamamos vida(en otras palabras, lo que pasa). Simplemente, porque el escribir, al abarcar el terreno del pensar, pulula por su cuenta bajo la caspa y las canas del cráneo arrugado, como en régimen de aislamiento, esperando el momento propicio para nuevamente germinar.

Este invierno literario sobrevino con el invierno irreal que fue mi verano y primavera. Muchos cambios que se avecinaban finalmente llegaron junto al réquiem requerido. Cambios no obstante dolorosos, estresantes, llenos de posibilidades abúlicas, de síntomas de ansiedad y reflujo gástrico, de hipertensión y mal dormir. Pero cambios que se esperaban y que, llanamente, eran y son necesarios.

De esos cambios, he dilucidado ciertas tendencias invariablemente letales de mi ser: no me gusta el conflicto directo, amo a mis niños, y el estrés me desliga de la realidad. El que aborrezca el conflicto directo es letal en el sentido de que se puede malinterpretar como cobardía. El amor a mis niños es mi talón de Aquiles, lo cual facilita el chantaje emocional. Mi desligue ante la realidad me lleva a una selva de cacofonías imaginarias que no ayudan a mis deseos inermes de escribir, ni facilita los tramos, necesariamente breves, en los que imagino continúa mi vida.

Digo necesariamente breves porque he aprendido que la vida, ancha en su opulencia, es igual de espaciosa en sus posibilidades. Hace poco tiempo (tal vez mucho, lo que quieran que sean veinte años) descubrí, con el desarraigo geográfico, que planear una vida es innecesario e inútil. Un día alguien se despierta con ganas de matar, o de cambiar, o de reír, o de sufrir, y le cambia la vida a otro por completo. Otro día, las corrientes paulatinas del planeta sufren un estertor momentáneo, y el resultante temblor o tormenta amasija (palabra bella, pena la Real Academia ni mi procesador la acepten)de un zarpazo la placidez de lo vivido.

Piensen en las tragedias, naturales y humanas, que gestan una interrupción como esa que algunos leen en la línea palmar de la vida. La vida está llena de esos paréntesis (o será al revés como decía Benedetti), esos momentos pausados, de reajuste, ante los cuales nuestra visión de lo vivido se trastorna, haciendo de lo que viene no la secuela normal de una película, sino el trueque hacia otra vida completamente diferente. Esos que anhelan por la reencarnación estarían felices. La vida nos reencarna todo el tiempo.

Así que espero con estas palabras reanudar el vicio de lo escrito y de lo que está por escribir. Escribo para mí, porque no me queda mejor audiencia, y para los que encuentren, perdidos, estas palabras en el enredado laberinto cibernético en el que vivimos. No prometo seguir, porque hacerlo significaría que tengo dotes de pitonisa, y los oráculos, hasta ahora, no encajan con lo vivido. Como Ariadne, dejo las palabras como prueba de que existo y de que voy a algún sitio. Pero en vez de llegar al centro del laberinto, espero la escritura me saque del invierno sucedáneo en que me encuentro. Y me lleve nuevamente a aquello que llamamos vida (o lo que es).

jueves, 17 de junio de 2010

El pos-colonialismo del fútbol



Frantz Fanon escribió, en su biblia pos-colonialista “The Wretched of the Earth”, que el despertar de la conciencia nacional de los pueblos colonizados es en parte una celebración de la identidad marginalizada por el poder colonial, en parte un preámbulo a la revolución armada y violenta que Fanon teoriza es necesaria para la emancipación de los pueblos. Dice Fanon,

International events, the collapse of whole sections of colonial empires and the contradictions inherent in the colonial system strengthen and uphold the native’s combativity while promoting and giving support to national consciousness.


Estas palabras merodean mi mente durante estos días en que celebramos la Copa Mundial de Fútbol.

Y no es porque sea el evento atlético de mayor envergadura internacional. Aunque la Copa del Mundo sea vista por la mayoría del planeta, sabemos que no rivaliza con las Olimpiadas en cuestión de dramatismo político. Desde que Jesse Owens debilitó con su atletismo el concepto de superioridad racial de los alemanes, las Olimpiadas fungen como el mejor escenario para dramatizar esa relación sublime entre la política y los deportes. Momentos como el saludo al movimiento de Black Power por los atletas afroamericanos en las Olimpiadas del 1968, como la masacre de los atletas israelíes en las Olimpiadas del 1972, y los boicot en los 80 durante la Guerra Fría, han cristalizado el papel de las Olimpiadas como un mini-Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Pero en esta Copa de Fútbol hay un deje de política social entre los comentarios y anécdotas periodísticas que nos llegan desde Sudáfrica. La primer copa en el continente sudafricano ha realzado cierta sorna poscolonial por parte de los otrora imperios del norte.

Por ejemplo, ningún comentarista del llamado tercer mundo se ha quejado del sonido de las vuvuzelas. Estas cornetas plásticas, que emiten un monótono chirrido parecido al de una plaga de saltamontes, atrajeron la atención de la prensa mucho antes de que comenzara el torneo. Curiosamente, todas las quejas sobre el sonido de las vuvuzelas vienen de personas de aquellos países llamados “desarrollados” que, tal vez sicológicamente, viendo la prominencia de un país africano ante los ojos del mundo, y viendo la calidad de fútbol que se practica más allá los bordes europeos (y dentro de Europa por aquellos pobres indianos venidos a más), pretenda descarrilar la magnificencia del evento con quejas simplistas relacionadas a la acústica.

Irónicamente fue un europeo el que dio con el meollo del asunto. Dijo Sepp Blatter, el actual presidente de la FIFA, ante ciertas sugerencias de que se prohibieran las vuvuzelas dentro de los estadios del torneo, que no se debería intentar “Europeizar” la Copa del Mundo. Parece que alguno quería una sinfónica tocando la “Obertura a William Tell” de Rossini durante la entrada de los equipos.

Es muy común entre los deportistas caracterizar los encuentros entre equipos en términos marciales. Los equipos se van a la guerra para conseguir la victoria. Se avanza sobre territorio enemigo. Se pautan estrategias de avance y retroceso dependiendo de los movimientos y la virtuosidad del adversario.

En la cuestión cultural ,las vuvuzelas tal vez representen un estribillo inquietante que la tribu de los países ex–coloniales no pueda entender: un inquietante y victorioso batir calibánico. Lo vemos ahora en la copa: las colonias se levantan ante sus antiguos dueños, los países latinoamericanos siembran el pánico entre los europeos, que parecen más interesados en el glamour de sus jugadores que en la sagacidad de sus delanteros, alguno que otro país africano pueda que califique a la ronda de los 16. Y aunque fuera por suerte, la ex-colonia del norte, los Estados Unidos de América, aceleró el pulso de su antigua regente.

Señoras y señores: The Empire Stripes Back…Y parece que será goleada..

sábado, 1 de mayo de 2010

Gaga-eando hacia los 40



Si no han visto el vídeo de Lady Gaga de su sencillo Bad Romance, les recomiendo verlo. Sé que la canción ya es vieja para los estándares del mundo mediatizado en que vivimos, en donde lo nuevo desentona en segundos y se papelea sin reciclar dentro del ático de lo passé.

El vídeo, dirigido por Francis Lawrence (quien también dirigió dos de mis películas favoritas, “Constantine” y “I am Legend”) es una panoplia cinematográfica que revela la influencia de David Bowie, de Madonna, de Michael Jackson. Lady Gaga demuestra que la pantalla del cortometraje es lo que Andy Warhol vio en la cara de la Monroe y en la lata de Campbell’s: un gesto histriónico y fugaz que desenlaza una cadena asimétrica pero concordante y que fulmina las expectativas artísticas del medio. La Gaga no se atraganta con los digestivos asimilables de los últimos años, ni borbotea líricas subsanadas y desinfectadas por tipejos como Simon Cowell. La Gaga no es gaga, te lo explaya en la cara y dentro de los huesitos timpánicos.

Claro, siempre queda la duda de la autenticidad de la originalidad. Lo original simplemente por ser diferente no es tan original como lo original que verdaderamente choca. Decía John Stuart Mill “Originality is the one thing which unoriginal minds cannot feel the use of.” Lo que Gaga hace es desenlazar el nudo en que nos tenía el posmodernismo que cancelaba la noción de la originalidad para decirnos, sí, lo original es posible. Aunque tal vez no, tal vez el pastiche es todavía contemporáneo.

Ya sé que alguno dirá que qué hace un viejo como yo, casi de 40 años, escuchando a Lady Gaga. Pues a esos les diré que para los que crecimos en los 80 bailando en Neon’s y Daiquiri Factory en el Viejo San Juan (cuando todavía se podía beber en la calle y el arribo de los cruceros los martes en la noche era excusa para salir a escuchar música y contar estrellas enamoradas) Lady Gaga es un eco de los remixes de entonces, de Dead or Alive, Dépêche Mode, Erasure.

LG (¿porque no?, la abreviatura es sinécdoque de nuestro siglo) nos ofrece la mesura de los años para aquellos, como yo, a quienes las canas nos impiden realzar con autenticidad el cobre de nuestra aún juventud. Pero que mis huesos semi-avejentados (y de coyunturas definitivamente estridentes) se jamaqueen con sus ritmos no es tan malo.

Total, Daddy Yankee nos cachondea el reguetón a la veterana edad de 33 (el tipo es básicamente coetáneo mío).

Y Gaga, con sus extravagancias, nos recuerda que algunos como Bowie y Madonna nunca envejecen.

domingo, 18 de abril de 2010

Sub-marino





Se acercan los melifluos acordes de una serenata,

una pieza rústica y enhebrada de barrocos incorregibles y piezas sutiles e

inidentificables.

La música concuerda con los latidos del barítono,

pulso un segundo, respiración el próximo,

otra andanza del diafragma.

Se arremolinan las notas como terapia auditiva

ante los ecos sobre otra superficie acuosa,

aquella series de notas misteriosas que hondonaban la superficie

del agua sobre mi cabeza

Miré, porque ya la respiración me faltaba y no vi nada.

Tal es la suerte de los peces

condenados

miércoles, 31 de marzo de 2010

La semana



¿Qué es una semana?

Imagino que es un artefacto onírico de un genio laboral, una patraña más para controlar nuestro tiempo. Imagino a los hombres, cuando apenas eran hombres, mirando los astros, el desaparecer constante de la pimienta astral en las noches, dando rienda suelta a otra luminosidad temerosa y parcial, los días curtidos de cacería y sudor, de sangre y los linimentos propios para rasguños y mordiscos, y sobre todo, el hambre, mucha hambre, incapaz de saciarse a menos que fuera con la carne macerada de un tigre o un mamut.

Imagino luego los días felices de los siglos, ahora el hambre es menos, la comida más abundante, la piel es sintética, no arrancada de un antílope moribundo. No miramos a los cielos, aunque permanecen igual de marcados, como cicatrices luego de la viruela, un cielo enfermo, aunque en realidad el cielo no es el enfermo, sino nuestra atmósfera que nubla la vista.

Antes, aquel hombre que no era hombre miraba constantemente hacia los cielos, sin imaginar que la cortina entre noche y día no era más que otra señal para seguir adelante. Ahora, no los miramos y la cortina entre día y noche es menos detallada, los astros no impulsan nuestros vaivenes, más bien los relojes y los calendarios controlan nuestros pululaciones sobre el asfalto y bajo las nubes.

¿Qué es una semana?

Siete días, dirá alguno. Otros pensarán que nunca termina y que los días son un pergamino arremolinado en una tira sin fin. Total, quien determina el final de los días no es el sol ni las estrellas, sino un cursor, un celular, o un control remoto.

¿Entonces nos deshacemos del calendario?

No. Hasta los osos y las ardillas saben cuándo hay que hibernar.

Y cuándo es la época de procrear.

miércoles, 10 de marzo de 2010

La primavera de las palabras


Siento un renacer, el vuelo espontáneo de pensamientos apaciguados por los vientos templados del norte. El aire se tranquiliza, no agita con los brios de entonces, cuando una ráfaga podía rasurar la piel, dejándola ensangrentada. Parece el cielo más añil, menos ufano, más humilde en su grandiosidad.

Parece que la lengua se despereza, se enrosca en un caracoleo de letras, un ensanchamiento de los labios que provoca el límite necesario para un movimiento de aire y cuerdas vocales, de paladar y saliva, la búsqueda gloriosa de la señal cerebral que nos hace más de lo que debimos ser, más de lo que nuestros antepasados genéticos pudieron alcanzar.

Nació la palabra en la primavera.

A enhebrar de nuevo las palabras.

sábado, 27 de febrero de 2010

Desastres naturales y el Principito





Escucho con interés una conversación acerca del clima. No es el diálogo impertinente de dos personas que no tienen más nada que decirse, pero que por cortesía (real o desprevenida) arremeten contra los vientos y las nieves, o sonríen azarosamente porque el día esta muy bonito, y yo aquí en el elevador, en el trabajo, sin poder disfrutarlo. Apuesto que esos son los primeros que cuando ven el día lindo lo ignoran y se meten a sus casitas a ver los informes del tiempo en la televisión, cuando sería suficiente asomar el hocico por la ventana.

Pero hoy, el tema es el fin del mundo. O más bien, la constante intromisión de la naturaleza en el diario vivir. Y con esto no pretendo disminuir la catastrófica pérdida de vida en los temblores de Haití y hoy de Chile, ni la muerte del entrenador de la ballena asesina. Tampoco pretendo aminorar la importancia de la caída sin precedente de nieve esta temporada invernal ni la ausencia del mismo clima invernal en los juegos olímpicos de invierno. Tampoco sé qué significa que el mismo día de estos sucesos, un pedazo de iceberg se desprendió de un glacial antártico.

Pero cuando estos sucesos naturales (sí, la muerte de una entrenador a manos de una ballena asesina, por más trágica que sea, es un fenómeno natural…si no, ¿por qué el nombre de estas ballenas?) ocurren unos tras de otros, imagino a la Madre Naturaleza, como buena madre que es, agitando los vientos del Apocalipsis sobre nuestra imaginación descampada y canalizando una corriente de vulnerabilidad síquica en nuestro diario vivir.

Lo cual no es tan malo. Porque estos fenómenos naturales hacen que reexaminemos nuestros pensamientos, nuestros vaivenes laborales, nuestra pérdida de tiempo frente al computador. Porque la muerte es necesaria en el ciclo vital, pero el tecato que matan en la esquina del punto de drogas no despierta la misma suspicacia fenomenológica que la muerte en masa luego de un fenómeno natural. Porque si vamos a vivir correteando en el “rat race”, vale la pena saber que el final de la carrera es el mismo para todos.

Hace unas noches abrí la puerta de mi nueva casa y mi hijo mayor alzó los ojos al cielo. Se maravilló de la cantidad de estrellas, que no veía hacía un tiempo por los desmadres de la mudanza y la impenetrabilidad del cielo nocturno urbano. Dijo deslumbrado, “wow, Daddy, look at all the stars”.

Parece que los desastres naturales no son necesarios para aquellos, como los niños, que aun se maravillan de la grandeza de la vida. Como decía el Principito “Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.”

Desgraciadamente necesitamos del dibujo de la tragedia, de la serpiente comiéndose al elefante, para entenderlo mejor.

domingo, 10 de enero de 2010

Me olvidé de los Reyes...es su culpa...por no tener un buen plan comercial




Me perdí el día de los Reyes.

Así mismo. Me olvidé por completo que el seis de enero era el día de los Reyes Magos.

Bueno, no por completo. Desde la mañana, cuando a través de ojos lagañosos confirmé que esa amanecer frío y oscuro era el seis de enero, sentí que faltaba algo. Pensé que tal vez era el cumpleaños de alguien, una de esas fechas que en el pasado figuraba prominente en el calendario y que, con el pasar del tiempo, se diluye en los recovecos de la memoria. Sentí que era un día un tanto especial, pero su significado permanecía parcialmente revelado, como una astilla mal plantada en la palma de la mano.

En el trabajo, escribí la fecha 1/6/10 (por estar acá, claro) un centenar de veces, tratando de no escribir “09” en el lugar del año. A ratos miraba esa extraña conjunción de números, como si la cifra escondiera una predicción maya o un fragmento místico de Nostradamus. Sumaba y restaba los dígitos, los dividía, los multiplicaba. Pensé consultar un libro de numerología. Pensé llamar a Walter Mercado.

Pero el día laboral acaparó mi atención, y seguí escribiendo los números, tratando de acostumbrar mi cerebro a la nueva década.

No fue hasta más tarde que descubrí el significado del día. Una llamada telefónica de mi tía amada, la encargada de mantener nuestras tradiciones, confirmó el feriado. Luego lo vi en los “status updates” de Facebook, aunque no tanto como vi los centenares de colores de los sostenes de ese día.

¿Cómo me lo perdí?

Una extraña conjunción de circunstancias. La falta de bombardeo comercial en este imperio laboral, donde los días feriados son renuentemente aprobados, pues disminuyen la productividad profesional. La falta de grama brillante para los camellos, porque imagino que lo que quieren es yerba fresca y recién cortada, no las hojas mustias y congeladas que tenemos en estas fechas. La economía, que no da abasto para otro feriado dedicado a las compras, en vez del recogimiento y la meditación.

Me parece que los reyes también tienen un poco de culpa. Con el colapso de la industria publicitaria, hubieran encontrado buenas gangas para comprar anuncios en la televisión y en Google. Pudieron aprovechar la elección del primer presidente negro de los Estados Unidos para realzar la imagen de Melchor (¿o es Baltazar el negrito?). Pudieron contactar al gobierno para un bailout del festivo.

Esa tarde llegué a la casa cansado de trabajar y deprimido por la nieve y el frío. Mis hijos me recibieron con el mejor bálsamo para mis heridas emotivas: un “Daddy!!!” bien gritado y un abrazo. Jugaban con los regalos que trajo Santa Claus. Estaban felices.

Sorry, Three Kings. El año que viene, a ver si aunque sea nos mandan un suplemento comercial en el periódico del domingo y unos cuponcitos de descuento para comprar en Amazon.

La yerba se las compro en el mercado orgánico.

jueves, 31 de diciembre de 2009

What I learned this year




What did I learn this year?

I learned that human life is fragile, tenuous and easily broken.

I learned that the human body is an amazing machine; that diseases are incredibly disruptive both to the body and the mind; and that doctors have great technical skill, but so-so capacity to relate to their patients.

I learned that the theory that correlates behavior to character is wrong. Plenty of people behave badly once in a while, but it doesn’t mean they are bad people.

I learned that the best way to settle an argument is to find a way to defuse the emotional aspects of the dispute and approach things rationally.

I learned that absence does not make the heart grow fonder. It only makes it ache.

I learned that the best way to sell a house is to lower its price. I also learned that the best way to buy a home is to go with your gut.

I learned that jobs come and go. Unfortunately, these days most go and few come.

I learned that politics is like a marriage: when you choose your loved one, it’s all emotion and lofty expectations. Once you get married, the nitty-gritty is less glamorous, less uplifting, and it has to get things done.

I learned that being patient and not rolling your eyes in the face of stupidity are incredible gifts that come with maturity.

I learned maturity is overrated and stupidity underrated.

I learned that moving is a pain in the ass. And moving repeatedly can give you hemorrhoids.

I learned that when you’re sick, having family around can be the best of times and the worst of times.

I learned that envy and adversity may be great incentives for success, but if they are your only incentives, you will be sour and unsatisfied.

I learned that reality really is a show, and that fiction doesn’t approach reality, it improves it.

I learned books don’t deserve to be thrown away, and that the arrival of electronic books may save trees and preserve words for eternity, but will not replace the incredibly sensual experience of turning a page.

I learned that identities, be they ethnic, gender, social or whatever, could delude you into thinking that you belong. But we don’t belong to any group. We just are.

I learned that bookstores and libraries will die one day. And that we will rue that day.

I learned television and computers are addictive, that books are palliative, and that driving around on a foggy road in the middle of the night can be extremely peaceful.

I learned we don’t look at the stars. But they look at us.

I learned that this year was incredible. And that I don’t want another year like it.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Noche




Dicen que la noche es el refugio de las penas, el antro hemisférico que resguarda sueños, deseos, astucias, todo. Dicen que trabajar de noche por tanto es un atentado ante todo lo que la noche representa, libertad, emoción, lubricidad.

Trabajar de noche atenta contra los ciclos naturales del cuerpo humano, cataliza descargas humorales que eventualmente sonsacan las efervescencias normales del diario vivir y convierten a la persona en un ser a quien el sol le causa ronchas. Como los vampiros.

Así dicen los que trabajan de noche, que se están convirtiendo en vampiros. Es cierto. Trabajar de noche es el epítome del capitalismo, indica que el trabajo es bueno a todas horas, sin importar los ciclos naturales del hipotálamo. Trabajar de noche es un riesgo, dicen algunos, sobre todo en las mañanas, cuando los cerebros mal acostumbrados intentan prestar atención al ulular del tráfico.

Lo otro que descubro en las noches es mi impaciencia ante la imbecilidad de la gente. Es como si la ausencia de sol permitiera evidenciar la luminosidad intrínseca de las personas para poder detectar, catalogando la mirada permitida como una de rayos-x (intrusiva pero determinante), los focos naturales de falta de carácter o de sentido común o de permisividad. La noche lo convierte a uno en detector de imperfecciones.

Claro, la noche también oscurece las imperfecciones de uno mismo, es por eso que los adictos, los traficantes, las prostitutas y los escritores preferimos trabajar de noche. No, no se alarmen si incluyo a los escritores con estos otros personajes nocturnos, de mala patraña dirán algunos. Pero es que dentro del bajo mundo de la noche se descubre la verdadera claridad de las personas.

Es como si estos personajes que a la luz del día permanecen mancillados por los pudores societales, en las noches descascaran su coraza de vida y se convierten en el eco de lo que verdaderamente son: elementos de la humanidad que permiten resguardar las verdades que ostentamos dentro del ser. La noche engendra seres verdaderos, reales, sin fachas ni tapujos, sin pretensiones.

Es por eso que algunos escritores prefieren la noche. No sólo por la tendencia a la calma y el sosiego necesario para refrenar los ruidos y las distracciones del día, sino porque bajo el escapulario astral, el escritor puede desentrañar aquello que lo roe por dentro, dejarlo salir con la esperanza de que se convierta en algo susceptible a sus emociones y sus mareos, a sus inconveniencias intelectuales y a sus lubricidades humanas.

La noche es escenario, telar y mina, la noche es el espejo cóncavo de todo, la entrada al mundo paralelo de la verdad humana. Quien cierra los ojos durante la noche se pierde el mundo en todo su esplendor. La noche es el día literario.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Hibernación



Manejaba esta mañana hacia el hospital, una mañana típica de invierno, todavía oscuro como una cueva a las siete de la mañana, el frío comenzando a rehacer el peluquín de los árboles y el pronóstico de la primera nevada de la temporada en la radio. El meteorólogo sonaba alegre, como si esperara la nieve con gozo y anticipación.

En mi mente identifiqué otra de las características de mis inviernos: mis pensamientos fluían en inglés. Recuerdo la frase de Joseph Brodsky, en la que indica que para un escritor, el exilio es un evento lingüístico; recuerdo la aseveración de Julia Álvarez de que el inglés se convirtió en un espacio de salvación y de sustento para su vida des-territorializada.

El fluir de mis pensamientos en inglés implica una especie de hibernación lingüística, despojarme de una piel suave, tibia y fresca que disfruta los arrullos alisios del Caribe, para revestirme de una piel caliente, peluda, sudorosa, que me protege de las inclemencias del frío.

Ocurre todos los años, esta hibernación del español y el renacer del inglés, aunque pienso que tal vez tenga que ver con la sed por la cultura. Generalmente viajo a Puerto Rico en la primavera, lo cual me da una infusión de vida caribeña que dura varios meses, hasta el invierno, cuando comienza la sed de nuevo, sólo que para entonces, los reclamos son en la lengua de Hemingway.

Very well, obedeceré por el momento al biologismo literario.

But I think, que de vez en cuando, el oso español asomará la nariz buscando el olor a mofongo.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Esperando a Cocó (aka la musa)


Diálogo entre dos escritores



En el papel de Rubén Javier: Rubén Javier Nazario
En el papel de Carlos: Carlos Vázquez Cruz

Acto 1


Se alza el telón. El escenario está dividido en dos por una cortina de terciopelo negro. Al lado izquierdo de la cortina, Carlos está sentado en un escritorio, la luz del computador encendido empalidece su piel ya un poco blanqueada por el invierno nuyorquino. Al lado derecho, Rubén Javier, como imagen en el espejo, teclea palabras en su laptop, frente a una ventana desde donde se ve la aguja monolítica del monumento a Washington

Rubén Javier: Carlos, gracias por contactarme por FB. Quería preguntarte tu experiencia publicando con CBH, yo pensé publicar con ellos hace un tiempo, pero se me dió la oportunidad de publicar con Terranova. Mi último libro lo publiqué con Schiel and Denver, antes de que cambiaran su estrategia editorial.
Bueno, muchos saludos. Oye, avísame de actividades literarias allá, yo estoy viviendo en DC, así que se me hace fácil tirarme para allá..

Carlos: Hola, Rubén. Mi experiencia con CBH fue súper buena. La comunicación: excelente; la diligencia, ni hablar. De veras, son tremendos profesionales. Hablo como autor y como editor... dos egos muy peligrosos cuando convergen en un proyecto editorial.

No sabía de tu último libro. ¿Puedo conseguirlo por internet?

Pues, sí. Recibo anuncios a tutiplén y se me hace fácil avisarte de actividades literarias que se dan por acá, aunque me retraigo bastante. Puedes decirme si vienes y cuándo, para tomar un café o almorzar en algún sitio de la ciudad. Suelo encontrarme así con la gente. O sea, no soy antisocial, pero me disocio.

En resumen, si vienes a NY, por favor, házmelo saber.


RJ: Carlos, mi último libro de llama Julia y cuentos de invierno, lo consigues en Amazon o Barnes and Noble. Es una colección de cuentos. Te preguntaba porque la gestión editorial de este último grupo no fue la mejor, ellos son una editorial inglesa que quieren abrirse campo en otros idiomas, y creo que yo les llegué en el momento para hacer un experimento con el libro. La publicación fue buena, pero faltó algo en la edición, ciertas correcciones en cuanto a los renglones, las sangrías, las citas ,etc. Pero quería publicar estos cuentos, ya que los tenía ahí por mucho tiempo y ya era hora que salieran a la luz! Aparte que si no lo hago, no puedo seguir trabajando en lo próximo!


Mencionas tu labor como editor. ¿Trabajas también en una editorial?
En realidad lo que me ha decepcionado un poco de mi experiencia editorial es la fase publicitaria, a veces he tenido yo mismo de tomar riendas en ese asunto y hacer mi propia publicidad, algo que no sé si has tenido que luchar.

Bueno ,seguimos conversando. Si no te molesta, voy a poner un link a tu blog en el mío, loquesediceensilencio.blogspot.com

Un abrazo!!!

Carlos: Entiendo muy bien lo que dices en relación con la gestión editorial. Mis exigencias se deben a que realicé trabajos de edición para Harcourt International (ahora le pertenece a Houghton-Mifflin) y para la editorial Norma. Además, administré talleres de redacción para el Centro de Excelencia Académica de la UPR y he sido profesor de gramática. El año pasado, el grupo al que pertenezco (El Sótano 00931) comenzó el proyecto Sótano Editores, y el núcleo del trabajo de edición recae en mí. Así que ¡imagínate cómo me pongo de minucioso e insoportable! Los autores se encojonan, pero cuando ven el producto se dan cuenta a qué me refería... ¡qué lástima que hay que torturar tanto el hipotálamo -no comer, no dormir- hasta que llega la gratificación! Finalmente, a esto se suman las lecturas que realizo a compañeros de oficio -contadísimos, sí, porque no tengo casi tiempo-, pero quienes son mis "amigos del arrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrma". En cuanto a lo del enlace, no me molesta. He visitado tu blog varias veces. Sin embargo, adelanto que el mío ha quedado en el abandono por dedicarme a atender otras prioridades. Trataré de incluirle alguna novedad próximamente.

P.D.: Mirando por encimita nuestros mensajes, escribimos con cojones, ¿verdad?


RJ: jejeje! sí que escribimos con cojones!!!La verdad que me parece que tienes mucha experiencia editorial y en verdad eso es lo que extraño, un editor como los de antes, tú sabes, que acojan el texto y lo ayuden a crecer junto al escritor. Oye, esa imagen de la tortura al hipotálamo está buenísima!! A lo mejor la uso en un cuento así bien gótica!!! Comienzo estos días un taller de narrativa con el escritor chileno Roberto Brodsky, a ver cómo me va…

C: Tienes razón. Quizás por la añoranza del contacto tan cercano entre el editor y el lenguaje, me dedico a los proyectos tan profundamente. Obro a la antigua en ese sentido.

La dinámica del taller siempre resulta formidable, a mi juicio, por supuesto. Aunque escribir es tarea solitaria, las intermitencias de compartir la labor con otros provee resquicios a través de los cuales nos llega también la iluminación. La oportunidad de NYU me ha enriquecido mucho. ¡Amo a Diamela Eltit!

Gracias por ofrecer tu colaboración para con el proyecto editorial. Me parece brutal que, para empezar, trabajemos juntos la evaluación de un texto. Compartir impresiones plantea las estéticas desde las cuales escribimos y nos complementa como equipo de trabajo. Veremos qué se hace. "Colaborar con algo en el futuro"... me encantaría. Creo en los juntes.

RJ:Si, lei Lumperica hace un tiempo y me pareció fenomenal. Es algo con lo que me imagino tu también luchas, escribir desde el fondo, jugar con la literatura, sin importar el mercado. A veces pienso que la literatura, y sobre todo la ficción, está tan comercializada que inhibe mucho la creación literaria. Claro, el escribir es parte del coito que el escritor tiene con el lector (ya me fui por lo erótico!!) pero a veces uno tiene que agarrar al lector y enseñarle algo nuevo, y esa fue la impresión que me dio cuando leí Lumperica.

Lo que mencionas de la soledad del escritor es lo que más me afecta, como tal vez sepas yo vengo al mundo literario de afuera, pero siempre me he sentido mucho mejor en él, el problema es que no tengo un grupo de colegas escritores, por lo de vivir acá, etc. A veces pienso que no soy escritor puertorriqueño, sino escritor y punto. y me siento muy solo, claro, lo que en parte es aliciente a la escritura, pero siempre es bueno tener colegas con los que compartir el ímpetu creativo. En la academia siempre hablan de tener un mentor, es algo que probablemente uno encuentra como tú en maestrías de creación etc. y es lo que creo me hace falta...aunque, quién sabe, a lo mejor la fiereza en la literatura viene de la soledad. Mano, la verdad que escribir es como estar adicto al crack, no puedes vivir sin él, y te puede consumir...
Disculpa, trabajé anoche y estoy un poco alucinante!!!!

Anyway,me gustaría un montón evaluar un texto contigo, y por ahí seguir en este camino de los juntes!!!


(La próxima semana, Acto 2)

sábado, 7 de noviembre de 2009

Julia y cuentos de invierno




Disponible en Barnes&Noble, Amazon.com, y en la tienda de la editorial Schiel & Denver

Espejismo




Hace como un mes, me enteré a través del blog de la compañera Yolanda Arroyo Pizarro de un proyecto de Nuestra América Mestiza, la revista oficial de Letras de América, editorial de Osvaldo Torres Santiago. Osvaldo, poeta mayagüezano radicado en Nueva Jersey, trabajaba en la publicación de un volumen de poesía dedicado a Julia de Burgos y solicitaba trabajos creativos para inclusión en el libro.

Yo no soy poeta (he dicho que la poesía me da miedo, es como estar desnudo en medio de un parque de diversiones) pero sí tengo un cuento sobre nuestra poeta nacional, titulado “Julia”, que forma parte de mi más reciente libro, Julia y cuentos de invierno.

Así que, ni corto no perezoso, envié el cuento a Osvaldo. Lo que surgió de ahí fue una colaboración editorial, en la que Osvaldo y yo nos unimos a través de los pasadizos tecnológicos para finalizar este volumen. Pero más que el producto final, la experiencia me sirvió para conocer el trabajo poético de autores como Alfredo Villanueva Collado, Nidia (sólo Nidia), Ángeles Burgos, Fernando Luis Pérez Poza (“Soy la delirante embriaguez de una ola de fuego/que vertió toda su locura en el calendario”), Beatriz Amanda Santiago López (“Si yo fuera agua,/Tendría la fuerza de Julia en mi cuerpo,/Esa es el agua que no tengo"), Sheila Montalvo (“Estoy pegada en mil pedazos/hebras de lumbre cosen mi piel”), Ana Tere Rodríguez Lebrón (con un simpático e hilarante cuento acerca del entierro de su abuelo), y el propio Osvaldo Torres Santiago (“Mi río yace allí, donde se murió contigo”), entre otros. No, no son household names.

That’s the point.


El trabajo también me dio la esperanza de seguir escribiendo, sabiendo que donde quiera que la soledad de la escritura embargue el engranaje sico-afectivo del escritor, siempre habrá otros que como él o ella, quienes viven nutridos de la palabra. Literatura como kilocalorias. ¿Quién no quiere una dieta de eso?

El libro Espejismo, en homenaje a Julia de Burgos lo consiguen aquí.


sábado, 10 de octubre de 2009

Escritura esquisofrénica



Escucho pacientemente el podcast de uno de mis programas favoritos en la radio pública estadounidense, Speaking of Faith.

En este programa, la anfitriona, Krista Tippett, entrevista personalidades del mundo de la filosofía, literatura, teología, política, en conversaciones animadas acerca de la religión, de la fe, del significado y los misterios de la vida y el alma.

Esta mañana, ejercitando mis piernas en una isla vegetal en medio de la selva de concreto de los suburbios de Washington DC, escuché a Krista entrevistar a Eckhart Tolle, filósofo, gurú, espiritualista, escritor, no sé, la definición de lo que es no es tan importante como lo que dice.

Trolle, en sus libros El poder de ahora y Una nueva tierra, enarbola una filosofía de vida que ahora tiene millones de adherentes. Hablaba en el programa de su caída en una depresión cuando tenía casi treinta años, y la epifanía que descubrió cuando hizo la observación “no puedo vivir conmigo mismo”. En esa aseveración descubrió la dualidad de la persona, el uno que no puede vivir con el otro dentro de sí mismo.

Pero lo que más me llamó la atención fue su declaración de que la negatividad y el estrés en que vivimos tiene que ver con la vivencia en el pasado o en el futuro. En otras palabras, la ansiedad de la vida moderna tiene que ver con las expectativas del futuro y la historia pasada, y para aminorar estos efectos es necesario mantener una relación coherente y vital con el presente que nos rodea.

Debo aceptar que cuando la plática toma este rumbo un poco, digamos, “neohippie”, mis fuerzas creativas e intelectuales se rebelan y siento la tentación de cambiar de canal. Pero lo que decía el hombre tiene sentido, y lo apliqué a mi vida intelectual.

A ver: el escritor encuentra placer en la escritura, en la acción creativa. Con ésta, el escritor encuentra cierta sintonía con su momento presente, aunque en la obra creada se viertan las experiencias pasadas o los deseos futuros. En el acto de escribir, se encuentra una paz influenciada por el balance creativo entre la idea y la palabra, entre la creación neuronal de la idea y la imagen y la concretización de estos en el papel.

Para el autor, el momento creativo termina con una pausa. Entonces comienza la ansiedad. ¿Cómo aminorarla? Viviendo en el presente creativo, impartiendo en la página la verdad de la literatura, es decir, la verdad de las palabras, es decir, ser fiel, sincero y auténtico con el yo otro del que hablaba Trolle, con el que no se puede vivir.

Yo tampoco puedo vivir conmigo mismo. Por eso escribo, para poder vivir mejor con él. Escribir es un simple acto de cohabitación.

viernes, 2 de octubre de 2009

iPoem



Write with joy.

Write with abandon, thirsty for

words and inflections, eager to please the weakness of the soul.

People say the soul gets lost in the complicated crevices of
life.

I say it gets abandoned by our daily promiscuity:

our
chores and responsibilities to the world, not the self.


I write in the present, and in my self.

Not in the third person
of narrative, but in my own voice, in the "I",

with no ghost
writer.

Why not?

A story born from within should be told (or
torn) from within.

It is always less messy.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Censura de libros en Puerto Rico




Hace un tiempo (no tanto como veremos) el escritor Ray Bradbury escribió “Hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos.” Aludía a la censura, ese instrumento aséptico que utilizan organismos políticos para determinar, de manera subjetiva, qué se puede leer, ver, comer, tomar, pensar.

Aunque su libro “Fahrenheit 451” puede ser considerado una crítica a la ubicuidad de los medios de comunicación electrónicos, la imagen permanente de la novela es la quema sistemática de libros, los cuales son elementos de pensamiento “peligrosos” por la libertad imaginativa con la que el lector establece un dialogo de ideas y de imágenes con el escritor, un diálogo en el que la condición primordial es el usar el cerebro, no el mirar imágenes predigeridas para el consumo fácil.

Aunque ha pasado un tiempo desde la publicación de este libro, los temas de censura continúan dando de que hablar. Los chinos son atacados constantemente por el monitoreo electrónico de las computadoras de sus habitantes; los iraníes mantienen un régimen de autenticidad dudosa, tratando de subyugar las protestas de miles de sus ciudadanos; los afganos todavía no conocen el resultado de sus elecciones por la simple razón de que millones de votos falsos han usurpado la voluntad del pueblo.

Estos elementos de censura institucional no empiezan de esta manera. Comienzan como los viruses, infligiendo su daño en escalas menores, a nivel microscópico, para poco a poco debilitar el sistema. La censura comienza de manera subrepticia, y mientras más temprano se confronte, menos daño causa.

Lo cual me trae al tema de la censura en Puerto Rico. Recientemente, el Departamento de Educación decidió eliminar cinco libros del currículo de español de las escuelas públicas del país, identificándolos como textos de materia “inapropiada” para los estudiantes. Este movimiento de censura es intermitente, toma fuerzas, descansa, y saca la cabeza de vez en cuando. En Estados Unidos, la lista de libros que frecuentemente son atacados y amenazados incluyen obras de autores tan diversos como Toni Morrison y J.K Rowling, Maya Angelu y Henry Miller.

Como padre, puedo entender que los educadores sientan la necesidad de no exponer estudiantes a textos que no puedan entender o malinterpretar. Pero como educador, entiendo que esa es exactamente mi misión: ayudar a los estudiantes a entender los temas de importancia para su nivel educativo, mostrando diferentes perspectivas, diferentes atisbos imaginativos a aquello que llamamos cultura. Como escritor, entiendo que, aquello que llamamos “inapropiado” para los alumnos prontamente puede ser llamado “inapropiado” para todo el mundo. Así comienza la infección del virus de la censura.

Los organismos gubernamentales, cualquiera que sean, deben proteger a sus ciudadanos de los peligros de otro tipo: la falta de servicios sociales adecuados, la falta de seguridad económica, la deficiencia en los servicios de salud, y sobre todo, la ignorancia. La censura es una simple manifestación de la ignorancia, y de la arrogancia de los gobiernos que pretenden controlar los mecanismos de análisis y pensamiento. La ignorancia es la clave del éxito de los gobiernos.

Ya los compañeros escritores del patio han manifestado su oposición a la acción del Departamento de Educación, acción que aparentemente será revocada gracias a la presión y la denuncia. Pero la batalla no puede menguar la guerra. Es menester de escritores, educadores, periodistas, políticos, padres, toda la ciudadanía, estar alerta ante los intentos de gobiernos, organizaciones e instituciones, de vedar la libre expresión y censurar el libre pensamiento. Es nuestro deber combatir la ignorancia y, como en la novela de Bradbury, velar porque los libros no sean quemados y, más importante aun, estimular a que sean leídos.

Porque la libertad de expresión es la más fácil de invocar, y la que más arriesgamos perder.

sábado, 29 de agosto de 2009

Sótano



Es inexplicable saber cómo los sentimientos que uno más atesora salen a la luz, como los contenidos de la caja de Pandora, en momentos inesperados.

Momentos de fuga pasionaria, de vegetar intelectual, de raciocino pecaminoso. Son los momentos en que el sótano de los sentimientos, localizado en lo más profundo del ser, permanece sin guardia, y, con el rechinar de goznes un poco enmohecidos, se abren las compuertas y los sentimientos afloran, como pétalos en primavera, o huracanes en agosto.

Hoy, los sentimientos salieron durante la cobertura televisiva de la misa de resurrección por el alma de Ted Kennedy. El senador por Massachusetts falleció la semana pasada a causa del cáncer del cerebro que se le diagnosticó hace un año.

Me quedé pensando e imaginando mis momentos finales, donde habrán lágrimas (espero pocas) y sonrisas (espero muchas) y medité que de eso se trata la vida: no preocuparse tanto por el final, que total es el mismo para todos, el pobre y el rico, el débil y el poderoso, el cruel y el bienaventurado.

Es concentrarse en lo que queda dentro del paréntesis de la vida y disfrutar de los momentos que nos otorgan los latidos del corazón.

Y con eso, cerré la bodega, hasta la próxima ocasión.

domingo, 23 de agosto de 2009

Spiks, o los riesgos del racismo intelectual




Llevo varios días pensando en esto. No lo creí en el momento. A veces hay que contar las cosas para asegurarse de que en realidad pasaron.

Estábamos sentados al frente de una pizzería en un vecindario bastante pudiente de los suburbios de Washington DC, llamado Great Falls. La pizza se tardaba un poco, por aquello de que la espera acrecienta la calidad gustativa de la comida.

Al lado de la pizzería hay un 7-Eleven, frecuentado por trabajadores latinos, quienes trabajan asiduamente en los jardines, techos y cocinas de los abogados, cabilderos, legisladores y ex-agentes de la CIA que viven aquí. En el 7-Eleven compran taquitos, pizzas (no tan ricas como las de la pizzería), Red Bull y cerveza. A las seis de la tarde, de camino a la casa luego de laborar bajo el sol veraniego, hay un constante vaivén de autos llenos de hombres de piel tostada.

Al otro lado del 7-Eleven hay un restaurante griego. Cuando abren la puerta, se despide el aroma de pan recién horneado y de carne de cordero asada con orégano y romero. Un hombre de nariz alargada y mentón perfilado sorbe café turco sentado al lado de la entrada.

De repente, se escucha el chirrido de metal y frenos. Un Toyota viejo, de pintura descascarada, pero todavía con el corazón hidráulico en plena función, se estaciona frente al 7-Eleven. A la vez, un hombre blanco, de pelo encanecido, alto, de buen vestir, camina impetuoso hacia el restaurante griego.

Del Toyota salen tres hombres. El conductor debe tener cincuenta años, tiene la piel curtida y usa anteojos bifocales. Los otros dos hombres están entre los veinte y treinta años, de pelo negro y rasgos aindiados. Todos visten camisetas cubiertas por manchas de grasas. Sus manos están cubiertas de betún. El pantalón de uno de ellos tiene un orifico a la altura de la rodilla.

Los hombres del Toyota dirigen la vista hacia el auto del otro hombre. De esa dirección, una voz grita, “God damn spiks!”

Cuando sigo la vista a los hombres del Toyota, veo al hombre del otro carro dirigiéndose hacia el restaurante griego. En sus ojos detecto los restos de un odio que hacía tiempo no veía. En sus labios se dibuja una media sonrisa de satisfacción.

Los hombres del Toyota siguen caminando hacia el 7-Eleven. Cinco minutos más tarde salen y se montan en el carro. Uno de ellos come de una bolsa de Doritos. Los otros tiene hot-dogs en sus manos. El hombre del otro carro sigue sentado en frente del restaurante griego, sorbiendo café con el otro hombre. Parecen disfrutar de un chiste.

Pasan otros cinco minutos. Dos patrullas de la policía del condado aparecen y se estacionan frente al 7-Eleven. Los cocineros de la pizzería, todos latinos (lo sé porque los escuché hablando en español) miran sin interés a los dos policías entrar al 7-Eleven y continúan depositando ruedas de pepperoni y cebolla sobre la harina aplanada de la pizza.

Hacía mucho tiempo no escuchaba la palabra spiks. Pero lo que me hizo pensar no fue la palabra, sino el contexto. Escucharla en medio de un bastión del poderío económico del área me sorprendió. Uno espera que el dinero y la educación generen un poco de tolerancia y solidaridad. Pero ya sabemos que eso no es cierto.

También me sorprendió (aunque no debió sorprenderme) la reacción de los hombres del Toyota y de los cocineros. Parece que escuchar la palabra spik en su diario vivir no es nada singular. Parece que la aparición de la policía luego de que alguien los llame porque hay “mucha gente de color perturbando la paz en frente del 7-Eleven” no es nada del otro mundo.(Especulo en cuanto a la razón por la que la policía apareció de la nada justo antes de que los hombres del Toyota se fueran, pero ¿a qué otra conclusión se puede llegar? ¿Que fue casualidad? Please.)

El racismo no conoce barreras. Es más, generalmente los poderosos son los más racistas, lo que los hace más peligrosos que los ignorantes que odian al otro simplemente porque no lo conocen. El racista ignorante comete actos racistas por el simple hecho de su ignorancia. Por lo mismo, su racismo es potencialmente remediable con un poco de educación. El racismo intelectual es más peligro que el racismo inculto, porque está arraigado en la profundidad del ego o del interés pecuniario.
Y ese racismo es mucho más difícil de eliminar.